Mujeres, el sexo fuerte desde tiempos inmemoriales

Existen nuevos e intrigantes desafíos como alcanzar grados de justicia en lo laboral, en lo político, en el hogar, terminar con la violencia, dar el merecido equilibrio en las más amplias ramas del quehacer humano”.

Mujeres, el sexo fuerte desde tiempos inmemoriales
Escrito por

Carlos Ibarra, académico Pedagogía en Historia y Geografía USS

Mujer deriva del latín mulier, y este del protoitálico muliebris, de significado incierto. Sin embargo, en latín tenía un sinónimo: femina, derivado del protoitalico fēminā, que significa “la que alimenta”, “la que da de mamar”. Similar significado tiene el nombre bíblico Eva, del hebreo Avva, esto es, “la que da vida”. Así, si buscamos el significado del origen de estas palabras, vemos en las mujeres el germen de la vida, la idea de protección y quienes proveen alimentación: el fundamento de nuestra existencia.

La naturaleza las dotó de habilidades que los varones no poseían, pero que se complementaron. Pasando los siglos, las sociedades optaron por dar a ambos géneros distintos roles, en algunas con un papel público primario, como en los britanos, donde hubo poderosas y belicosas reinas que lucharon a la par con los soldados romanos, al igual que las germanas, lo que sorprendía a los itálicos; o, siglos más tarde, la sociedad vikinga, donde las mujeres incluso lideraban excursiones o gobernaban; o algunos pueblos africanos donde existen, a la fecha, comunidades matriarcales estructuradas hace siglos. Para no ser menos, entre los selk´nam del sur austral chileno, existe la leyenda de una primitiva sociedad matriarcal, desarmada y reemplazada por el patriarcado.

Sin embargo, nos ha llegado otra visión de estas historias. Derivado de nuestra cultura judeocristiana, la mujer ha jugado un rol más bien secundario, obviamente, no porque ellas lo hayan querido así. En la época contemporánea, uno de los casos más sonados entre los historiadores es el de la casi desconocida Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana, de 1791, hecha poco después de su par masculino (de 1789), tan famosa en el contexto de la Revolución Francesa, pero anulada por intereses de asambleas, obviamente, compuesta por hombres.

Pero esas voces, acalladas a fines del siglo XVIII, no lo fueron a inicios del XX: el famoso incendio de una fábrica donde murieron cientos de obreras en Estados Unidos (1911) gatilló un movimiento por los derechos no solo laborales, sino que políticos de las mujeres, como votar en elecciones, lo que paulatinamente les fue concedido. En 1917 en el Imperio Ruso, mujeres protestaron un 8 de marzo por pan (por la pobreza generada por el desastre ruso de la Primera Guerra). Fue la antesala de la revolución bolchevique. Otro hito fue la Segunda Guerra Mundial, donde ellas desempeñaron un rol fundamental en la fabricación de armas, como enfermeras, doctoras, profesoras, etc., mientras los hombres peleaban en el campo de batalla. Claro que no en forma exclusiva: en Francia e Italia (partisanos), las sociedades de resistencia al nazismo estaban también compuestas por mujeres.

Los galones ganados en estas luchas validaron a estas mujeres a alegar otros derechos que consideran propios e inalienables: decidir sobre su cuerpo y su destino, su derecho a trabajar, a casarse o no, a decidir sobre su orientación sexual, etc., la lista suma.

Así, la ONU (1977) invitó a los Estados a conmemorar el Día Internacional de la Mujer según sus tradiciones históricas asignándoles una fecha, si bien desde 1911 varios países ya lo venían celebrando el 8 de marzo. En el presente siglo XXI, en mi opinión, el siglo de las mujeres, existen nuevos e intrigantes desafíos como alcanzar grados de justicia en lo laboral, en lo político, en el hogar, terminar con la violencia, dar el merecido equilibrio en las más amplias ramas del quehacer humano por una simple ecuación: en el mundo vivimos juntos, mujeres y hombres, nos complementamos con nuestras diferencias. Gracias a nuestra ancestral capacidad de adaptación, clave para nuestra supervivencia, hemos logrado convivir durante más de 100.000 años, desde cuando pasamos a ser los homo sapiens que hoy habitamos este planeta llamado –en femenino– como Tierra.