Adultos muy mayores

Esta nueva realidad que vive nuestro país debería invitarnos a reconsiderar nuestras políticas públicas hacia el adulto mayor, grupo etario que se está trasformando en el de más rápido crecimiento del país y por ende, deseoso de mejoras para su vivir.

Lunes 15 de enero de 2018

Adultos muy mayores
Escrito por

Manuel José Irarrázaval, director IPSUSS U. San Sebastián

En Chile hay 4.770 personas mayores de 100 años, según el último Censo del Instituto Nacional de Estadísticas (INE), particularmente en comunas como Las Condes, Viña del Mar y Maipú. 

Esta nueva realidad que vive nuestro país debería invitarnos a reconsiderar algunas de nuestras políticas públicas hacia el adulto mayor, grupo etario que se está trasformando en el de más rápido crecimiento poblacional y por ende, deseoso de tener una mejora de su calidad de vida.  

El primer aspecto a considerar, es que hay suficiente evidencia científica internacional que indica que la persona “envejece como vive”, por lo tanto, las buenas prácticas de calidad de vida deben iniciarse mucho antes de la senectud, ya que comenzarlas en este periodo de la vida es muy tarde: obesidad, sedentarismo, tabaquismo, hipertensión y diabetes, entre otras patologías, son muy malos pronósticos para la vejez. 

Uno de los factores confundidores es nuestra definición actual de adulto mayor. Esta segmentación implica agrupar en una sola clasificación a un grupo sumamente heterogéneo de personas, pues es evidente que las capacidades de personas en el rango 65-75 años son marcadamente distintas a las de aquellos mayores de 80 años, por lo tanto, establecer normas y programas uniformes para todos los adultos mayores de más 65 años implica perder el foco. 

Sería mucho más razonable establecer que en el grupo de 65-75 años el esfuerzo debe estar en mantenerlos activos, física e intelectualmente, obviamente tomando en cuenta limitaciones individuales. Asimismo, es muy conocido que mantener una ocupación o trabajo estable es protector de deterioro intelectual y físico, por lo que sería razonable considerar reformas a la legislación laboral que permitan mayor flexibilidad para aquellas personas que quieran mantenerse activas, pero disminuyendo parcialmente su compromiso o características del trabajo. Igualmente, deberíamos facilitar las condiciones para esa opción, velando por un mejor y más barato transporte público, oportunidades de reentrenamiento o calidad de las veredas, entre otras mejoras. 

Este grupo es también un muy buen “cliente potencial” de estrategias educacionales conducentes a adquirir nuevas destrezas y a expresar inquietudes artísticas o viajar, ampliando así sus experiencias y horizonte intelectual. 

Por su parte, el grupo sobre los 80 años si bien es aún heterogéneo, tiene una mucho mayor condición de progresivo deterioro físico e intelectual, y aquí es donde hay que focalizar las políticas de acompañamiento y apoyo a las familias que son la condición más determinante de la calidad de vida en esta etapa: entretención, atención médica especializada, alimentación y eventual acogida en instituciones de cuidados (la alternativa menos favorable y más irreversible). 

Sumemos a ello también que los recursos siempre son escasos, por lo que su buena focalización permitirá ser mucho más eficientes con quienes realmente los necesitan: la llamada cuarta edad.