Sobre pestes y pandemias

Quienes padecieron pestes, siglos antes, y los que lo hacemos hoy, igualmente somos vulnerables a la deliberación arbitraria de la muerte y a la inquietante incertidumbre de lo que vendrá.

Miércoles 13 de enero de 2021

Sobre pestes y pandemias
Escrito por

Guillermo Tobar, académico Instituto de Filosofía Universidad San Sebastián

No solo en la Edad Media la palabra “peste” fue sinónimo de muerte o incertidumbre, curiosamente también lo es en nuestros días. Pero ¿qué pasa con la ciencia y el extraordinario avance tecnológico? ¿Alguna diferencia habrá? Tal vez esté en una cuestión de conocimiento y de actitud frente al problema.

En cuanto al conocimiento, efectivamente, nuestro evolucionado siglo XXI proporciona un notable desarrollo científico sobre el tema, lo que se traduce en una real posibilidad de afrontar la pandemia con mayor comprensión y mejores instrumentos. Los laboratorios a cada momento están implementando nuevos métodos para someter a prueba el virus y sus distintas cepas.

Este noble reto asumido por el mundo científico y secundado por esfuerzos globales, permite coronar importantes logros para la obtención de la tan anhelada vacuna. Ahora bien, a pesar del magnífico trabajo en los laboratorios -actividad impensable en el medioevo- no es posible disociar en la actualidad la acción de la pandemia con el ancestral temor a la muerte.

Aun cuando esa peste medieval podía estar asociada a una acción demoniaca o a oscuras fuerzas del mal, lo cierto es que el temor a la muerte y la sensación vulnerable de la existencia humana se mantiene hasta nuestros días. Es significativo considerar que, a pesar de todo, la enfermedad y la muerte persisten en mantener su vigencia, como ocurrió en el siglo VI con la llamada peste de Justiniano que golpeó gravemente el Imperio Bizantino o, con la peste bubónica en la Europa del siglo XIV que diezmó un tercio de la población, en opinión de los más optimistas.

Tanto en la Edad Media como en la actualidad el responsable que amedrenta y mata es un agente microscópico. La diferencia más inmediata está en que en el primer caso morían sin saber lo que realmente los mataba y, en el segundo, conocemos con precisión el nombre y la naturaleza del patógeno que igualmente nos ataca. Lo llamativo es que, en ambos casos, quienes padecieron siglos antes la peste y los que lo hacemos hoy, igualmente somos vulnerables a la deliberación arbitraria de la muerte y a la inquietante incertidumbre de lo que vendrá.

Quizás la ventaja que tenía la sociedad medieval respecto a la nuestra -y aquí tocamos el tema de la actitud- sea el sentido de trascendencia que daban a la vida y a la muerte. Sin quitar un ápice a la importancia que posee el avance científico, debemos también atender las necesidades del espíritu para alcanzar el real bienestar humano. En este sentido la esperanza es crucial. Trascender no es desentenderse del mundo, es elevarse con él a las alturas que nos permite el espíritu humano. Desde ese estado interior se puede esperar -a pesar de todo y contra todo- una mejor vida y un mejor año.

Vea la columna en El Llanquihue